jueves, 31 de enero de 2019


EL RECADO

Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles... En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos... Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza. 

    Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones... Pienso en ti muy despacio, com si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente. 
    Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: "No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche..." Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor. 
    Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos -oh mi amor- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos. 
    Ha caído la noche y ya ycasi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: "Te quiero..." No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo... Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.

Elena Poniatowska

viernes, 18 de noviembre de 2016

viernes, 26 de febrero de 2016

Aprendiz de Seductor




Sentado en su banquito, alargando los segundos y tratando de robar un sorbo mas de vida; se encuentra aquel viejecillo agonizando como el sol atardeciente.

Con cabello canoso, de algunos 60 años de edad o algunos 84; desgastado por su desenfrenada vida; alto, enjutado, delgado, de ojos azules por su ancianidad, mentón saliente y nariz "aguilada". Selva espesa en su pecho, flácido...aquel mismo pecho que en años atrás aferraba a cualquier bella doncella.

De espalda corva y trasero caído, hundido.

Sus ojos aunque hundidos como castigo de su perversidad, parecen querer salir, y bailan al ver pasar a la más tierna niña colegiala; con sus manos flacas y arrugadas intenta alcanzar las piernas de cualquier mujer que se le acerca y pellizcarlas siquiera; viejo libidinoso, se relame las jetas al verlas pasar frente a él.

Un hombre sin sobriedad, viste de negro.
De día zapatero, de noche mundano, lujurioso; apasionado por lo prohibido, por conocer el paraíso infernal.

Pasos tardíos, perezosos, no son obstáculos para conseguir su placer por unos cuantos billetes.

Con espíritu jovial, se niega a morir aquel viejo Joaquin.

Ricardo Hernandez.-

domingo, 17 de enero de 2016

"¿Y para quién cargas todo ese montón de IadriIIos?
¿Dios? ¿Es eso?
Te diré algo: Déjame darte información confidencial sobre Dios.
A Dios le gusta observar, es un bromista.
Piénsalo.
Le da al hombre instintos.
Les da ese extraordinario don y después que es lo qué hace?
Lo juro, para su propia diversión para su propio teatro cósmico privado.

Él coloca las reglas en oposición. La mayor estupidez que ha existido:
"Mira, pero no toques."
"Toca, pero no pruebes."
"Prueba, pero no tragues."

Y mientras saltas de pie en pie, ¿qué es lo que él hace?
¡Está allá arriba el Señor muriéndose de la risa!
¡Es un tacaño!
¡Es un sádico!
¡Es un casero indiferente a la vida!
¿Alabar eso? ¡Nunca!
Mejor reinar en eI infierno que servir en eI cielo
¿Y por qué no?
¡He estado aquí en la tierra con mi nariz metido en ella desde todo comenzó!
¡He nutrido cada sensación que eI hombre se ha inspirado a tener!
¡Me preocupe sobre lo que él quería y nunca lo juzgue!
¿Por qué? ¡Porque jamas Io rechacé, y a pesar de todas sus imperfecciones, yo admiro al hombre!!
Soy un humanista.
Tal vez eI último humanista."

Al Pacino
El abogado del diablo

sábado, 30 de mayo de 2015

Cien años de soledad




Esta es la historia de los Buendía, la estirpe que estuvo condenada a vivir cien años de soledad. Los Buendía pudieron descansar en paz cuando nació la primera criatura procreada en el amor verdadero, y cuyos miembros eran como los de los demás.
José Arcadio Buendía y su esposa, Úrsula, son los procreadores de José Arcadio Buendía, el hijo mayor, y Aureliano Buendía, que más tarde sería coronel y Amaranta, la menor; de estos tres nacerán cuatro generaciones que, de manera cíclica como la historia, se irán relacionando y procreando entre ellos mismos, salvo algunas excepciones. Ésta familia acompañada por otros esposos, mujeres y niños, cruzan la sierra y en un lugar desierto encallado en el caribe fundan el pueblo de Macondo; el pueblo es testigo de la felicidad, de la tristeza, de la fortuna y de la desdicha en donde dignamente, durante mas de cien años, vivieron los Buendía.

Guiado por el asombro y la imaginación, José Arcadio Buendía se trastorna con la magia y las invenciones que Melquíades lleva a Macondo cada año con el circo. La obsesión de José Arcadio por las empresas mas inimaginables y su cercana relación con el gitano, Melquíades, son las constantes que marcaran y confirmarán su destino y el de toda su familia. Las relaciones de pasión-amor-odio más fuertes y destructivas se darán en el transcurrir de cuatro generaciones impregnadas por la superstición, el miedo, la religión, la soledad, la inocencia y la solidaridad. Los nombres se van perpetuando de generación en generación como los lazos carnales entre los primos y las tías, los hermanos y las abuelas, etcétera. Por la vida de los Buendía conocemos la historia de Macondo, del caribe y de América. La devastación de la tierra con la fiebre de los bananos, una guerra civil, la creación de los sindicatos.

Los Aurelianos son pensativos, meditabundos y combativos; Los José Arcadios son parranderos, obsesivos, y, locos, son todos. De estas historias personales que construyen la gran historia familiar nacen y viven los seres más extraños, mágicos y desolados que el mundo allá antes visto. Al final, Aureliano, descubre en un pergamino que la familia Buendia estaban condenados a cien años de soledad.